Hace tiempo escribí un relato para la estupenda revista Romántica´S. Se publicó en el número 5, perteneciente al pasado mes de abril. Los relatos siguen sin ser lo mío, pero alguien me dijo que experimentar con cosas y estilos diferentes es bueno y nos ayuda a crecer. Y yo quiero crecer (no en centímetros, porque eso ya no es posible ¡jejeje). Por eso escribí el relato, por eso lo envié a la revista, y por eso os lo traigo hoy aquí a pesar de que no tengo demasiada seguridad en él.
Mi hábitat natural sigue estando en la novela larga.
—Tengo un amante...
Hacía más de diez minutos que lo había escuchado, y a Edurne aún le costaba creerlo. Su puritana, dulce pero sosa, compañera de trabajo, no era de las que tenían amantes. Más bien era de las que acatan con servilismo las órdenes de un esposo, y soportan sus malos modos como si se tratara de un mandato divino. Por eso le sorprendió que le hablara, como una adolescente atolondrada, del seductor hombre por el que al parecer había extraviado la razón.
—¿Ahora dejarás a ese capullo que tienes por marido? —le había preguntado hacía rato, cuando el camarero les sirvió sus bebidas y se alejó hacia la barra.
—¡No! ¡Cómo se te ocurre! —había respondido ella en un arranque de dignidad—. Además, "él" también está casado.
"Casado", se había repetido mientras miraba el vaso y lo giraba con los dedos. ¿No tenía bastantes problemas, aquella mujer, que tenía que complicarse con un casado? ¿No había hombres solteros que además de amarla pudieran alejarla del cabrón que le amargaba la vida?
Laura era simple, pero estaba aprendiendo rápido. Unos meses atrás le hubiera respondido a cualquier pregunta, pero esta vez no le satisfizo la curiosidad por conocer el nombre de su enamorado.
—No te molestes, pero no puedo decirlo. A un amante hay que mantenerlo en la sombra... según tengo entendido —había dicho, intentando hacer un chiste—. No he hablado de él a nadie.
No se lo había contado a nadie. ¡Claro! Ella no era nadie. Nadie que conociera a su marido, nadie que conociera a su familia, nadie que conociera a sus amistades. Solo era la compañera de trabajo con la que a veces se desahogaba. Lo más curioso era que, tanto escucharle confidencias sobre su vida gris, había terminado cogiéndole cariño.
—Espero que sepa hacerte feliz —le deseó con franqueza.
—No lo dudes. Es muy dulce y romántico —dijo con aire bobalicón—. Y apasionado —añadió con una risa tonta.
A Edurne no le extrañó tanta emoción. Según le había contado, su marido era rápido en la cama. Visto y no visto, media vuelta y a dormir. A poco que el amante se preocupara por ella, le resultaría toda una fascinante novedad.
—Me alegro por ti, Laura. Te brillan los ojos y tienes luz en la cara. Te hacía falta algo así.
—¿Sabes cómo se me declaró? —preguntó con timidez. Edurne la invitó con un gesto a que continuara—: con un corazón de papiroflexia rojo, blanco por dentro, y con unas preciosas palabras que él mismo había escrito con su alma —detalló con bobería.
Edurne palideció. Tenía que ser una casualidad. Hay mucha gente aficionada a la papiroflexia... y, las posibilidades de que dos personas diferentes eligieran un corazón para declararse, eran enormes.
—Lo tengo en el bolso —insistió Laura—, bien guardado para que no lo encuentre mi marido. Él... —se sonrojó y volvió a titubear—, a... a veces revuelve entre mis cosas.
—El muy desgraciado —comentó Edurne, inquieta, mientras le veía sacar una novela romántica del bolso y abrirla por el centro.
Allí estaba el corazón rojo que cabía en la palma de una pequeña mano femenina. Lo cogió, presionó por dos de los costados, y el centro se desplegó, dejando a la vista un fondo blanco.
—¡Sabes abrirlo! —dijo Laura, sorprendida—. A mí me costó averiguar los puntos exactos dónde debía tocar.
Edurne leyó en voz baja:
Te entrego mi corazón.
Desde que te vi solo late por ti.
Dime que tengo un rinconcito en el tuyo.
Reconoció las palabras. Reconoció la letra. Reconoció el suave olor a hombre que se desprendía del papel.
Ya no pudo escuchar más.
Disimuló su consternación lo mejor que pudo, y varias veces insistió en felicitarla porque hubiera encontrado a su media naranja. Salió de la cafetería con la disculpa, por otra parte verdadera, de que se le había hecho tarde.
Cuando llegó a casa, su esposo la esperaba en la cocina, con el delantal puesto y con toda su masculina seducción tan latente como si estuviera vestido con esmoquin.
—Hoy te has retrasado un poco, mi vida —le dijo, acercándose a besarla en los labios—. Así que me he puesto con la cena. Te voy a sorprender.
—Lo… siento —titubeo, aún aturdida—. Una compañera de trabajo necesitaba una amiga a quien confiarse. Es tímida. No le sirven las personas que conocen a su marido, a su familia y todo eso.
—Deberías haber sido psicóloga. Se te da bien escuchar —apuntó con orgullo.
—Sí... Ella... Ella tiene un amante —dijo, mirándole con fijeza para no perderse su reacción.
—¿Un amante? Pobre marido, ¿no?
—Sí... No... Bueno, no sé. No la trata muy bien y... ella es joven y guapa y... y hay hombres maravillosos y seductores repartidos por ahí, al acecho de chicas cándidas y hermosas.
—Seguro que no es tan preciosa como tú. Nadie puede serlo más que mi mujercita.
—¿De verdad lo piensas?
—Por supuesto. ¿Por qué crees que perdí la cabeza cuando te descubrí en aquella librería? —Volvió a besarla en los labios antes de alejarse hacia el horno para echar un último vistazo al rosbif.
—¿Tú crees que... —carraspeó, nerviosa—, que después de una aventura, una pareja puede seguir adelante?
Marcos se giró con el paño de cocina entre las manos.
—¿Me estás preguntando si se puede perdonar una infidelidad?
—Sí, pero sin que el amor se resienta.
—Imagino que sí. Todo depende de lo que quieras a tu pareja. ¿Cuánto me quieres tú? —preguntó con una gran sonrisa.
—Mucho —suspiró para deshacerse de la presión en el pecho—. Lo bastante como para perdonarte mil infidelidades.
—¡Vaya! —exclamó al tiempo que arrojaba el paño sobre la mesa y se acercaba de nuevo—. Sí que soy un hombre afortunado. —Volvió a besarla, esta vez más despacio y con más ardor—. Se me quemará el rosbif —susurró, pegado a su boca—. Aunque no me importa. Te cenaré a ti, completa, sin dejarme ni un pedacito. Dime que quieres ser mi cena de esta noche —rogó con la voz ronca y dulce que siempre le derretía la voluntad.
Ella se apartó y le miró a los ojos.
—¿Cuánto me quieres, Marcos? —preguntó, demasiado ansiosa.
—¿Qué pasa? —interrogó con ternura—. ¿Esa chica te ha traspasado sus preocupaciones? Eso no está bien. Deberías presentármela para que le dijera un par de cosas —bromeó mientras le deslizaba los dedos por la espalda—. Sabes que te quiero más que a mi vida, y que no podría vivir sin ti. Lo sabes, ¿verdad?
—Perdona —dijo, nerviosa y sin saber hacia dónde mirar—. Olvida mis tonterías. Voy a cambiarme de ropa.
—Esa es una magnífica idea. ¡Relájate! —aconsejó a la vez que la despedía con una palmadita en el trasero—. En diez minutos habré puesto la mesa y tendré todo listo. Todo para la hermosa reina de mi corazón.
Edurne no disfrutó de los halagos de su marido. Alcanzó el dormitorio, preocupada por si había dicho más cosas de las que debía.
Tenía diez minutos. Habían transcurrido cinco cuando ya se había cambiado de ropa y cepillado el pelo. Entró en el cuarto de baño y cerró por dentro. Del fondo de su neceser sacó el tarro de porcelana de una carísima crema antiojeras. En el interior, limpio y seco, había un pequeño corazón de papiroflexia rojo.
Presionó por los costados y apareció el centro blanco.
Edurne leyó para sí:
Te entrego mi corazón.
Desde que te vi solo late por ti.
Dime que tengo un rinconcito en el tuyo.
Corrió a la alcoba. Tras revolver en un cajón de la cómoda, regresó al baño con algunas cosas en las manos.
Volvió a plegar con cuidado el corazón y le dio la vuelta. La trasera era roja y sin pliegues.
Esta vez, escribió:
Adiós para siempre.
Edurne
PD: Te costará identificarme en tu larga lista de amantes casadas. Tal vez mi fotografía te facilite la labor.
Lo metió en un sobre, acompañado de la horrible foto de carné que se hizo en una cabina del centro comercial.
Despegó el protector del extremo adhesivo, y lo cerró.
Con pulso firme, escribió en el anverso:
A la atención de Andrés Gómez
De nuevo en la habitación, lo guardó en su bolso. Al día siguiente lo enviaría a su destinatario por medio de una agencia de reparto.
Una relajada y dichosa sonrisa le iluminaba el rostro cuando llegó a la cocina siguiendo el delicioso aroma del asado. Y es que su amado Marcos le acababa de perdonar un desliz que jamás sabría que había cometido.
Ángeles Ibirika©