Como podéis ver, tengo bastante abandonadito el blog. Ni siquiera he hecho las crónicas de las presentaciones de «Antes y después de odiarte» en Málaga y en Zaragoza. Y os puedo asegurar que han sido las dos mejores firmas hasta el momento, con muchos lectores, todos ellos especiales a rabiar, con reuniones tras las firmas, cenas, charlas hasta la madrugada…, nuevos y maravillosos amigos que espero conservar siempre...
¿El motivo?
La falta de tiempo, la novela que quiero terminar de escribir… y cambios. Mi vida está a punto de cambiar, y si quiero que sea para bien tengo que entregar el máximo de mí. Tengo como un millón de años (bueno. Unos poquitos menos), y cuando pensaba que mi vida ya no estaba para sobresaltos, me embarco en una aventura de la que ya os contaré en su momento.
Por ahora, os ofrezco mis disculpas por tener el blog tan abandonado. Y, para hacerme perdonar, os traigo la foto de Ian O`Connell, el afamado escritor de novela romántica de quien estoy escribiendo la historia, y un "pedacito" de una escena en el que podréis ver el tipo de hombre seductor, cínico, infiel y canalla que es.
Espero que os guste.
Entresacado de Donde Siempre es Otoño
—Soy consciente de que siendo escritor de novela romántica debería saberlo, pero confieso que no imagino lo que se debe sentir al encontrar ese amor para siempre.
—Pocas cosas son para siempre —respondió ella.
—En tu caso deberían serlas —dijo sin poder contenerse—. Cuando una mujer como tú lo deja todo por alguien, ese alguien debería serle fiel eternamente.
—Eso es demasiado tiempo —bromeó a la vez que bajaba los ojos y cogía su copa de vino poniendo especial cuidado en que no se le notara el temblor en los dedos.
Pero ya era tarde para disimulos. Para entonces Ian ya había comprendido el origen de su conversación atropellada y de sus silencios, de sus disimuladas miradas y de sus ojos huidizos, de sus sonrojos. Solía ser más rápido en diferenciar la admiración que causaba el escritor del deseo puramente carnal que provocaba el hombre. Pero las circunstancias en las que la había conocido fueron tan desconcertantes como lo era ella misma, y eso había bloqueado su parte seductora y canalla que ahora despertaba. Esa parte que disfrutaba ante el desafío de conseguir a cualquier mujer que le apeteciera. Esa que gozaba de cada segundo de refinado cortejo con el que iba deshaciendo las defensas femeninas aun cuando la presa escogida se le resistiera hasta el último momento. Porque si la culminación de llevarse a la cama a la mujer codiciada era grandiosa, saborear ese placer de la anticipación mientras iba ganándosela con sutileza era algo que le excitaba todos los instintos.
Ángeles Ibirika©











