
Escena de Antes y después de odiarte_
Era noche cerrada. En los jardines de Botica Vieja los árboles continuaban desnudando sus ramas. Anne, desde la ventana de su habitación, contemplaba el vuelo silencioso con el que a la luz de las farolas las hojas alcanzaban el suelo. Ella miraba sin disfrutar del hermoso espectáculo. Ni siquiera veía las luces que, desde el otro lado de la ría, vestían al Palacio Euskalduna y al centro comercial Zubiarte. Y es que tenía el pensamiento muy lejos de aquella hermosa postal nocturna.
Desde que había visto a Mikel, solo podía pensar en el pasado. En que lo que le condujo a sus brazos fue lo mismo que le alejó de ellos. Tenía la sensación de que en tan solo unos meses de su vida llegaron a concentrarse sus mayores dudas y sus más arriesgadas decisiones, su mayor felicidad y su más cruel amargura. Había tenido un miedo atroz a enamorase de él. Pero ni aún soportando todo el temor y las dudas del mundo había sido capaz de apartarse de su lado. Debió haber sabido que su corazón no podría resistirse a su delicadeza, a su ternura, a su felicidad, a su risa contagiosa. Desde el momento en el que lo vio, luchó contra la tentación de cruzar los límites para observarlo de cerca, para escuchar su voz y su risa, para comprobar si su piel olía como imaginaba. Después, ya no fue capaz de alejarse. Él se convirtió en la droga sin la que no podía pasar ni un solo día. La droga que siempre supo que sería su perdición.
¿Cómo podía luchar contra ti? susurró, con el hombro y la sien apoyados en el cristal de la ventana.
Si eras tan romántico, tan tierno, tan sorprendente. Las lágrimas convertían las luces en manchas borrosas y brillantes. Con la mirada perdida, se adentró en el pasado, en un turbador e inolvidable encuentro en el Iruña.
Ella había tomado su café. Mikel había cogido la taza para girarla boca abajo sobre el plato. Ya lo había hecho en otra ocasión, dejándola desconcertada. Esta vez se juró que no se quedaría con la duda.
—¿Qué es esto? ¿Brujería? —preguntó entre risas.
—Algo parecido —bromeó él—. Mi abuela me enseñó un poco de magia.
La miraba con gesto divertido y misterioso. Ella no dejaba de pensar que tanta seducción en un delincuente podía ser un problema, o al menos lo estaba siendo para ella. Se sentía atrapada en el fondo de aquellos ojos azules, pero le gustaba estarlo. Le gustaba sentir el hormigueo en su pecho cuando él le sonreía, o el temblor en su corazón cuando intentaba besarla. Solo se arrepentía de haberse dejado llevar por la inconsciencia cuando ya estaba lejos de él. Cuando redactaba sus informes y omitía que había tomado contacto con el sospechoso. Cuando estaba sola y se repetía que enamorarse sería un tremendo error.
—¿Cuánta magia te enseñó? —preguntó como si le estuviera acusando de haberla hechizado—. ¿Haces vudú, conjuros, lees las líneas de la vida…?
Algo chispeó en sus ojos azules.
Tal vez sea la magia, pensó Anne.
—¿Me permites? —preguntó él mientras le señalaba la mano sin atreverse a rozarla.
Ella la extendió, con la palma abierta, y la posó sobre la izquierda de Mikel. Él tomó aire cuando sintió su roce. Deslizó la yema de los dedos por las líneas que debía leer. Lo hizo despacio, disfrutando de la finura del tacto.
—Es hermosa… Tiene unas preciosas líneas curvas. ¿Ves ese punto en el centro? —la miró un instante, y volvió a poner la atención en la delicada piel mientras él mismo se respondía—. Ese soy yo: tu eje, tu principio y tu fin, tu amor, tu vida...
Los ojos de Anne chispearon de felicidad mientras una sonrisa cándida se le instalaba en los labios.
—Deja de hacer el tonto y léeme el futuro —dijo entre risas.
—No puedo —confesó sin dejar de acariciarla—. No sé hacerlo. Mi abuela no leía las líneas de la mano, ni echaba el Tarot, ni consultaba una bola de cristal. Tan solo tenía una pequeña herboristería en la que, además de vender remedios para casi todos los males existentes, interpretaba los posos de café. —con una mirada tierna rogó que le perdonara el atrevimiento, pero no la soltó.
Anne emitió una risa temblorosa. En realidad toda ella tembló. También la mano de la que Mikel se había apoderado con la inesperada artimaña. No intentó recuperarla. El roce de sus dedos le provocaba un grato estado de embriaguez, una plácida felicidad que se resistía a perder.
—¿Cómo se hace? —preguntó ella—. ¿Qué ves en la taza?
—Dibujos —explicó él—. Están en el fondo, pero también en las paredes, y dependiendo de la distancia que tengan con el borde, el significado cambia. Es como mirar las nubes y descubrir formas, pero sabiendo qué quiere decir cada cosa.
—¿Crees que todo está escrito en nuestros posos de café?
—¡Ojala lo estuviera...! —susurró—. Ojala pudiera ver mi destino unido al tuyo en los dibujos de una taza, o en las líneas de tu mano, o en el fondo de tus ojos de titanio...
—¿Titanio? —preguntó sorprendida. Los dedos de Mikel seguían rozando la sensible piel de su mano y a ella le costaba respirar.
—Sí, titanio. ¿Te has fijado en ese tono cambiante del Gugem cuando le da la luz del sol o el reflejo de la luna, o cuando lo humedece la lluvia...? —sonrió al verlos brillar—. Así son tus ojos. Así de hermosos, así de inalcanzables.
El rostro de Anne enrojeció. Mikel bajó la mirada hacia sus labios, que temblaban al tiempo que tiritaba su risa. Reconocía los síntomas. Cuando las mejillas de una mujer se tornaban rosadas, cuando le vibraba la risa y se le entrecortaba la voz, significaba que ya podía besarla, que ya era suya. Pero Anne le desconcertaba, le desarmaba, le hacía sentir torpe e inseguro.
—¿A cuantas chicas has dejado asombradas con esa magia que te enseñó tu abuela? —preguntó con más curiosidad de la que quería aparentar.
—Tan solo a ti —esta vez fue a él a quien le flaqueó la risa—. Quiero decir que eres tú la única mujer a la que he intentado asombrar con esto. No sé si lo he conseguido.
Anne asintió con un movimiento de cabeza. Después volvió los ojos hacia sus manos.
—¿Me la devuelves, por favor? —musitó, enrojeciendo de nuevo.
—Cualquier deseo tuyo, hasta el que consideres más insignificante, es un mandato para mí —pero no la soltó inmediatamente. Le fue acariciando los dedos, con suavidad, deslizándolos entre los suyos como si le costara perderlos.
—No sé si debo creerte —dijo ella, posando en él sus ojos, claros y brillantes.
Su duda no era tan simple como parecía. Él era un delincuente y, ella, a pesar de toda su experiencia con personajes de todas las calañas, solo era capaz de ver su lado amable y tierno. Eso le hacía dudar de su capacidad para la misión que le habían encargado.
—¿De verdad no lo sabes? —susurró al tiempo que acercaba el rostro—. ¿No es evidente que solo vivo para verte, que me tienes en tus manos desde que entraste en mi corazón?
Él continuó acortando el espacio que quedaba entre sus labios. Iba a besarla. Anne interpuso sus dedos y él los rozó con suavidad. Una risa clara surgió de su boca. Era el modo en el que le pedía disculpas por haberlo intentado de nuevo, y la prevenía de que volvería a hacerlo en cuanto tuviera ocasión.
¿Cómo podía luchar contra ti? volvió a preguntarse Anne, con la frente apoyada en el cristal frío de la ventana.
¿Cómo podía no enamorarme de ti? repitió, controlando un estremecimiento, con la mirada perdida en las manchas brillantes que se reflejaban en las frías aguas de la ría.
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