miércoles 25 de noviembre de 2009

Día internacional contra la violencia hacia la mujer

martes 17 de noviembre de 2009

Una noche cualquiera en la vida de Anne Zabalegui


Escena de Antes y después de odiarte_


Era noche cerrada. En los jardines de Botica Vieja los árboles continuaban desnudando sus ramas. Anne, desde la ventana de su habitación, contemplaba el vuelo silencioso con el que a la luz de las farolas las hojas alcanzaban el suelo. Ella miraba sin disfrutar del hermoso espectáculo. Ni siquiera veía las luces que, desde el otro lado de la ría, vestían al Palacio Euskalduna y al centro comercial Zubiarte. Y es que tenía el pensamiento muy lejos de aquella hermosa postal nocturna.

Desde que había visto a Mikel, solo podía pensar en el pasado. En que lo que le condujo a sus brazos fue lo mismo que le alejó de ellos. Tenía la sensación de que en tan solo unos meses de su vida llegaron a concentrarse sus mayores dudas y sus más arriesgadas decisiones, su mayor felicidad y su más cruel amargura. Había tenido un miedo atroz a enamorase de él. Pero ni aún soportando todo el temor y las dudas del mundo había sido capaz de apartarse de su lado. Debió haber sabido que su corazón no podría resistirse a su delicadeza, a su ternura, a su felicidad, a su risa contagiosa. Desde el momento en el que lo vio, luchó contra la tentación de cruzar los límites para observarlo de cerca, para escuchar su voz y su risa, para comprobar si su piel olía como imaginaba. Después, ya no fue capaz de alejarse. Él se convirtió en la droga sin la que no podía pasar ni un solo día. La droga que siempre supo que sería su perdición.

¿Cómo podía luchar contra ti?
susurró, con el hombro y la sien apoyados en el cristal de la ventana. Si eras tan romántico, tan tierno, tan sorprendente. Las lágrimas convertían las luces en manchas borrosas y brillantes. Con la mirada perdida, se adentró en el pasado, en un turbador e inolvidable encuentro en el Iruña.

Ella había tomado su café. Mikel había cogido la taza para girarla boca abajo sobre el plato. Ya lo había hecho en otra ocasión, dejándola desconcertada. Esta vez se juró que no se quedaría con la duda.

—¿Qué es esto? ¿Brujería? —preguntó entre risas.

—Algo parecido —bromeó él—. Mi abuela me enseñó un poco de magia.

La miraba con gesto divertido y misterioso. Ella no dejaba de pensar que tanta seducción en un delincuente podía ser un problema, o al menos lo estaba siendo para ella. Se sentía atrapada en el fondo de aquellos ojos azules, pero le gustaba estarlo. Le gustaba sentir el hormigueo en su pecho cuando él le sonreía, o el temblor en su corazón cuando intentaba besarla. Solo se arrepentía de haberse dejado llevar por la inconsciencia cuando ya estaba lejos de él. Cuando redactaba sus informes y omitía que había tomado contacto con el sospechoso. Cuando estaba sola y se repetía que enamorarse sería un tremendo error.

—¿Cuánta magia te enseñó? —preguntó como si le estuviera acusando de haberla hechizado—. ¿Haces vudú, conjuros, lees las líneas de la vida…?

Algo chispeó en sus ojos azules. Tal vez sea la magia, pensó Anne.

—¿Me permites? —preguntó él mientras le señalaba la mano sin atreverse a rozarla.

Ella la extendió, con la palma abierta, y la posó sobre la izquierda de Mikel. Él tomó aire cuando sintió su roce. Deslizó la yema de los dedos por las líneas que debía leer. Lo hizo despacio, disfrutando de la finura del tacto.

—Es hermosa… Tiene unas preciosas líneas curvas. ¿Ves ese punto en el centro? —la miró un instante, y volvió a poner la atención en la delicada piel mientras él mismo se respondía—. Ese soy yo: tu eje, tu principio y tu fin, tu amor, tu vida...

Los ojos de Anne chispearon de felicidad mientras una sonrisa cándida se le instalaba en los labios.

—Deja de hacer el tonto y léeme el futuro —dijo entre risas.

—No puedo —confesó sin dejar de acariciarla—. No sé hacerlo. Mi abuela no leía las líneas de la mano, ni echaba el Tarot, ni consultaba una bola de cristal. Tan solo tenía una pequeña herboristería en la que, además de vender remedios para casi todos los males existentes, interpretaba los posos de café. —con una mirada tierna rogó que le perdonara el atrevimiento, pero no la soltó.

Anne emitió una risa temblorosa. En realidad toda ella tembló. También la mano de la que Mikel se había apoderado con la inesperada artimaña. No intentó recuperarla. El roce de sus dedos le provocaba un grato estado de embriaguez, una plácida felicidad que se resistía a perder.

—¿Cómo se hace? —preguntó ella—. ¿Qué ves en la taza?

—Dibujos —explicó él—. Están en el fondo, pero también en las paredes, y dependiendo de la distancia que tengan con el borde, el significado cambia. Es como mirar las nubes y descubrir formas, pero sabiendo qué quiere decir cada cosa.

—¿Crees que todo está escrito en nuestros posos de café?

—¡Ojala lo estuviera...! —susurró—. Ojala pudiera ver mi destino unido al tuyo en los dibujos de una taza, o en las líneas de tu mano, o en el fondo de tus ojos de titanio...

—¿Titanio? —preguntó sorprendida. Los dedos de Mikel seguían rozando la sensible piel de su mano y a ella le costaba respirar.

—Sí, titanio. ¿Te has fijado en ese tono cambiante del Gugem cuando le da la luz del sol o el reflejo de la luna, o cuando lo humedece la lluvia...? —sonrió al verlos brillar—. Así son tus ojos. Así de hermosos, así de inalcanzables.

El rostro de Anne enrojeció. Mikel bajó la mirada hacia sus labios, que temblaban al tiempo que tiritaba su risa. Reconocía los síntomas. Cuando las mejillas de una mujer se tornaban rosadas, cuando le vibraba la risa y se le entrecortaba la voz, significaba que ya podía besarla, que ya era suya. Pero Anne le desconcertaba, le desarmaba, le hacía sentir torpe e inseguro.

—¿A cuantas chicas has dejado asombradas con esa magia que te enseñó tu abuela? —preguntó con más curiosidad de la que quería aparentar.

—Tan solo a ti —esta vez fue a él a quien le flaqueó la risa—. Quiero decir que eres tú la única mujer a la que he intentado asombrar con esto. No sé si lo he conseguido.

Anne asintió con un movimiento de cabeza. Después volvió los ojos hacia sus manos.

—¿Me la devuelves, por favor? —musitó, enrojeciendo de nuevo.

—Cualquier deseo tuyo, hasta el que consideres más insignificante, es un mandato para mí —pero no la soltó inmediatamente. Le fue acariciando los dedos, con suavidad, deslizándolos entre los suyos como si le costara perderlos.

—No sé si debo creerte —dijo ella, posando en él sus ojos, claros y brillantes.

Su duda no era tan simple como parecía. Él era un delincuente y, ella, a pesar de toda su experiencia con personajes de todas las calañas, solo era capaz de ver su lado amable y tierno. Eso le hacía dudar de su capacidad para la misión que le habían encargado.

—¿De verdad no lo sabes? —susurró al tiempo que acercaba el rostro—. ¿No es evidente que solo vivo para verte, que me tienes en tus manos desde que entraste en mi corazón?

Él continuó acortando el espacio que quedaba entre sus labios. Iba a besarla. Anne interpuso sus dedos y él los rozó con suavidad. Una risa clara surgió de su boca. Era el modo en el que le pedía disculpas por haberlo intentado de nuevo, y la prevenía de que volvería a hacerlo en cuanto tuviera ocasión.

¿Cómo podía luchar contra ti?
volvió a preguntarse Anne, con la frente apoyada en el cristal frío de la ventana. ¿Cómo podía no enamorarme de ti? repitió, controlando un estremecimiento, con la mirada perdida en las manchas brillantes que se reflejaban en las frías aguas de la ría.

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sábado 26 de septiembre de 2009

Castigador



Le ajustó la máscara de cuero que cubría por completo su cabeza. Con pulso poco firme, deslizó la cremallera que la cerraba por su parte trasera. Le acarició con la yema de los dedos la nunca desnuda.

—¿Te aprieta? —preguntó, temerosa.

—No —respondió él con voz enronquecida—. Está bien, como siempre.

Carla respiró con fuerza. No se acostumbraba al ritual. Era Pablo quien aprisionaba su rostro con ese suave y duro cuero negro, y era ella quien sentía claustrofobia y asfixia.

Él se giró. Cuatro aberturas dejaban al descubierto sus misteriosos ojos verdes, su boca y los orificios de su nariz. Ella sonrió, nerviosa. Al enamorarse de él aceptó que su vida no volvería a ser la tranquila y sosegada que había sido hasta entonces. Pero, aún después de los meses, seguía dominándole el miedo cada vez que comenzaban con los preparativos. A Pablo le gustaba que ella participara desde el comienzo. Quería que le ayudara a encerrarse en la máscara, que tirara de los ajustados pantalones de cuero para deslizarlos por sus musculosas piernas hasta encajarlos en sus caderas como si fueran una segunda piel. En sus burdas expresiones de hombre curtido en antros y tabernas, decía que le ponía cachondo verla con sus elegantes vestidos de marcas caras y su aire de niña rica, educada en los mejores colegios, ajustarle con dedos indecisos su ropa de castigador.

La sintió temblar. La tomó por la cintura y la estrechó contra su torso desnudo.

—Respira —susurró con dulzura. Su boca sonrió en el interior de la máscara—. Respira o te ahogarás antes de tiempo.

—Lo lamento —sacudió la cabeza. Dos diamantes brillaron sobre los lóbulos de sus orejas—. Creo que nunca me acostumbraré a esto.

—Pero sigues haciéndolo una noche tras otra —susurró satisfecho, deslizando las manos por su espalda hasta posarlas en su firme trasero.

—Y lo haré mientras tú quieras —prometió al tiempo que se ponía de puntillas para alcanzar el rostro enmascarado. Pasó los brazos por su cuello y le cubrió la boca con la suya. Besó cuero y labios, saboreó miedo y pasión, y lo hizo con tanta entrega que no reparó que su mejilla cubría los orificios por los que Pablo debía respirar.

Tras unos minutos él se apartó, asfixiado.

—¿Quieres acabar conmigo, aquí, antes de comenzar? —preguntó riendo.

Carla le golpeó el pecho con el puño cerrado.

—¡No digas eso! —protestó angustiada—. Me asustas.

—De acuerdo —la complació él, y la abrazó de nuevo para tranquilizarla—. No lo diré nunca más. Sé lo que te cuesta hacer esto. No creas que no valoro tu devoción.

—Dime que no ocurrirá nada malo y te creeré —pidió, acurrucada contra su pecho.

—Nunca ocurre nada grave —susurró junto a su cuello—. Ya lo sabes —Carla asintió con la cabeza y él sonrió complacido—. Anda, vamos —le pidió, tomándola de nuevo por la cintura.

Ella aspiró una gran bocanada de aire que casi la ahogó. Salieron abrazados, caminaron por el largo pasillo y juntos se detuvieron ante dos grandes puertas metálicas.

—Te quiero —declaró él, mirándola a los ojos—. No lo olvides nunca.

—Y tú no olvides lo que me has prometido —musitó ella con voz temblorosa—: Hoy tampoco ocurrirá nada grave.

Las puertas se abrieron. Los gritos de una multitud enfebrecida llegaron hasta los oídos de Carla, que retrocedió unos pasos; los justos para que la luz de los focos no la alcanzara.

Pablo sacó pecho y levantó los brazos, victorioso, mientras avanzaba por la rampa que conducía al cuadrilátero. Giró sobre sí mismo para saludar a los espectadores que coreaban su nombre de luchador: ¡Castigador, castigador, castigador! En uno de sus giros se detuvo para mirar hacia la oscuridad del pasillo, lanzó un beso con los labios y se llevó la mano a su pecho desnudo, justo sobre su corazón.

Carla esperaría una noche más en los vestuarios, incapaz de contemplar la pelea. Él dejaría que le marcaran el cuerpo con algún golpe sin importancia, para que después ella le abrazara y le llenara de besos.


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domingo 26 de julio de 2009

RománTica´s



Para las que somos románticas de pies a cabeza, acaba de nacer la primera revista dedicada al género de la literatura romántica.

Se trata de una revista que te va a enamorar desde la portada, y que podrás leer online o descargar a tu ordenador. Es totalmente gratuita, pues sus creadoras trabajan sin ánimo de lucro con la sola intención de compartir su afición, que es la nuestra.

El primer número ha visto la luz hace dos semanas, y es fantástico. Contiene entrevistas, relatos, críticas, curiosidades, veladas de ensueño, humor...
Descárgatela o léela online. Te va a encantar.


Web de la revista: Web RománTica’S

Revista nº 1 : RománTica´S

Revista nº 2 : RománTica´S

Revista nº 3 : RománTica´S

viernes 3 de julio de 2009

Antes y después de odiarte





Prólogo

Aún ardían las sábanas de su cama cuando nos despedimos, y no me había parecido suficiente. Nada bastaba cuando se trataba de ella. La amaba tanto, que hasta la vida le habría entregado tan solo con que me lo hubiera pedido.

Pero no lo hizo.

Prefirió jugar a amarme cuando en realidad me preparaba para el sacrificio.

Jugó a ser la mantis religiosa que seduce al macho. La que lo enamora, la que lo enloquece hasta hacerse dueña de su voluntad, la que consigue que se deje devorar mientras se aparean...

Solo que yo nunca lo supe.

No pude elegir. Aunque, la amaba y la necesitaba a tal punto, que de haberlo sabido tampoco habría podido hacer nada para evitarlo. Una noche a su lado me aportaba más placer y más vida de toda cuanta había tenido antes de que ella apareciera.

Hasta esa tarde.

Esa tarde la besé en la boca y deseé tenderla de nuevo sobre las sábanas revueltas. La abracé acomodándola en mi pecho y hundí el rostro en su sedoso cabello castaño. Le dije que la amaba más que a nadie en el mundo. Le confesé que si algún día llegaba a perderla, tan solo querría morir.

Nada en sus gestos, nada en su voz, nada en sus besos me hizo sospechar que me había traicionado. Nada podía hacerme imaginar que ya me había vendido. Iba hacia el final que ella me había preparado y no vi nada, no sospeché nada...

Ahora vivo en un cuerpo sin alma.

Ahora vivo tan sólo porque respirar no requiere de mi esfuerzo.

Ahora vivo porque el dolor me destroza cada día pero nunca termina de matarme.

Ahora vivo únicamente para volver a verla. Para arrancarle del pecho su corazón despiadado y negro. Para precipitarla a la misma agonía que ella fraguó para mí.

Y es que, aún a mi pesar, ella continúa siendo la única razón de mi existencia.

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viernes 19 de junio de 2009

Dibujos en el cielo


Recordaba las horas que había pasado con Ana, contemplando las nubes. Las espaldas sobre la hierba fresca, las cabezas una junto a la otra, las manos enlazadas, descubriendo dibujos y mensajes en la esponjosidad cambiante que se deslizaba sobre el cielo.

Recordaba las risas cuando distinguían un elefante o un pingüino, la emoción cuando lo que se dibujaba era una flor o un corazón. Una vez llegó a encontrar las letras que formaban el dulce nombre de Ana. Cuando lo vio, le apretó la mano con más fuerza y le susurró que era un mensaje del destino: a ella la habían hecho en el cielo, para él, y nadie los separaría nunca.

Ahora, tumbado sobre esta tierra caliente, seca y ajada, no puede ver dibujos en el cielo. La mayor parte del tiempo no hay nubes y el sol achicharra hasta resecar la sangre en el interior de las venas.

Hoy sí hay nubes, pero sus formas no le dicen nada, no le recuerdan a nada. Desde hace meses, no consigue leer en las nubes. Y cuando cierra los ojos tampoco es capaz de ver el rostro de Ana.

Hace tiempo escuchó decir que cuando quieres mucho a alguien no puedes visionar su imagen. Tal vez sea cierto, piensa mientras percibe el calor de la tierra bajo su espalda. Porque desde que está lejos de Ana, siente que la ama más que nunca. Puede que a medida que su amor y su necesidad de ella aumentan, se le esté desdibujando su imagen. Eso le asusta, porque, si es así, sabe que no tardará en borrársele del todo.

Sin embargo, si puede detallarla, y lo hace a menudo, porque es una de las pocas cosas que le tranquilizan. Se repite que tiene el cabello dorado y sedoso y que le descansa en los hombros; los ojos verdes, como las esmeraldas; la nariz pequeña, los labios carnosos, el cuello largo. Y aún recordando todo eso, no puede verla. Ni siquiera consigue soñar con ella, porque, desde hace meses, también sus sueños se han vuelto pesadillas.

Cada vez que despierta en medio de la noche, empapado en sudor, vuelve a definirla: cabello dorado, ojos verdes, como las esmeraldas... Y lo hace con los suyos bien abiertos, para que desaparezcan las imágenes de sus horrores.

Ahora, cansado de buscar entre las nubes una forma conocida, los cierra para intentar recordarla... una vez más.

Un rostro femenino comienza a tomar forma. Un cabello de oro, una mirada verde... Pero según la imagen cobra nitidez, el pelo se ensortija y se vuelve oscuro como la noche, los ojos negros y rasgados...

Es una muchacha árabe. La que él rescató, dos días atrás, de entre los escombros de su casa que una bomba acababa de destruir.

Dentro quedaron sus padres, abuelos y hermanos. Dentro quedaron, también, sus dos piernas.

Recuerda el olor a polvo, a quemado, a sangre, a destrucción. Vuelve a sentir el dolor que provoca el sufrimiento ajeno, hasta el punto en el que apenas si puede diferenciarlo del suyo propio.

Por eso está allí, separado por más de cuatro mil kilómetros del amor de su vida: para ayudar. Para poner un minúsculo granito de arena en aliviar el padecimiento que causa una guerra tan incomprensible e injusta como cualquier otra guerra. Para atenuar el sufrimiento, para repartir comida y medicamentos, para dar una manta a un niño mientras oculta su fusil tras la espalda para no asustarlo.

Pero tiene miedo.

Tiene miedo de morir en una explosión, de caer en una emboscada, de acabar prisionero, de ser torturado. Pero sobre todo le aterroriza no poder regresar, no volver a ver los ojos verdes de Ana, de abrazarla y dejar que ella le cure esas heridas que no se ven, porque no sangran, pero que dejan el alma fría y vacía, tal vez para siempre.

Necesita regresar a casa, a los brazos de Ana.

Desde que ha sido testigo de lo que los hombres se hacen unos a otros, le avergüenza sentirse uno de ellos. Le gustaba el hombre que era cuanto estaba junto a ella, cuando aún no conocía los horrores de la guerra, cuando creía que el amor estaba en cada rincón, en cada cosa que veía; también en las formas caprichosas de las nubes. Ahora ya no está seguro de que quede amor en algún lugar del mundo.

Por eso necesita regresar.

Para mirarse en los amados ojos verdes, para escuchar su voz, para embriagarse con su risa, para sentir sus delicados dedos acariciándole el torso desnudo, para volver a sentir amor, y deseo, y ganas de vivir.

Porque no termina de entender, cómo, a pesar de que le separan más de cuatro mil kilómetros de su vida, su corazón puede seguir latiendo con tanta fuerza.

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jueves 21 de mayo de 2009

Entre Sueños. Lee aquí el primer capítulo.


En la columna izquierda de este blog he colocado un enlace. Es el acceso al PDF del primer capítulo de Entre Sueños.

Espero que te guste.

Sinopsis:
Beatriz nunca quiso conocer a su abuelo. Pero cuando se entera de que a su muerte todas las propiedades del viejo le pertenecen, las acepta para venderlas al mejor postor.

Antes de que las tierras sean adquiridas por un comprador, una situación inesperada y humillante, provoca que Beatriz, la sofisticada mujer de ciudad, corra a refugiarse en aquel lugar que considera inhóspito.

Allí, en el apacible pueblo de montaña de Roncal, se encuentra con Jon, el atractivo veterinario que gobierna las tierras, el ganado y los negocios de su abuelo, y que siempre pensó que las posesiones pasarían a sus manos para continuar con la labor del anciano, al que quiso como a un padre.

La llegada de Beatriz, a la que él considera una mujer sin alma que permitió que el abuelo viviera y muriera solo, será el inicio del enfrentamiento entre dos corazones orgullosos que están seguros de tener poderosas razones para odiarse.

Pero el Valle de Roncal es una tierra hermosa. Un paraje de frescos pastizales, bellísimos bosques de hayas e impresionantes gargantas excavadas en la roca por efecto del agua durante miles de años. Un lugar donde el silencio del entorno y el silbido del viento cuentan entre susurros leyendas que siempre permanecerán vivas.

Y, un lugar así, lleno de magia, es capaz de alterar las ambiciones, de transformar los sueños, de convertir el odio en deseo y el deseo en amor.



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Vídeo de Entre Sueños: